Por Junior Bueno
Hay cosas que, de tanto repetirse, dejan de sorprendernos.
Un conductor invade el carril contrario para avanzar unos metros. Alguien se adelanta en una fila porque “es un momentico”. Desde un vehículo lanzan desechos a la calle. Una bocina convierte en asunto de todo el vecindario la música que alguien decidió escuchar. Un trámite que debería seguir su curso termina resolviéndose porque apareció “alguien que conoce a alguien”.
Nada de esto nos resulta extraño. Y quizá ahí esté el problema.
Porque también nos forma aquello a lo que dejamos de prestar atención.
Las sociedades no cambian únicamente por grandes decisiones, reformas o acontecimientos. También se transforman silenciosamente cuando ciertas conductas comienzan a parecernos normales. Lo que primero incomoda puede terminar provocando indiferencia; y aquello que aceptamos durante demasiado tiempo corre el riesgo de convertirse en parte del paisaje.
En República Dominicana hemos desarrollado capacidad para adaptarnos. Ante las dificultades improvisamos, buscamos alternativas y encontramos soluciones donde no las hay. Esa habilidad para “resolver” ha permitido a muchas personas salir adelante.
Pero toda virtud tiene un límite.
Resolver deja de ser ingenio cuando implica colocarse por encima de los demás. La flexibilidad pierde su valor cuando convierte las normas en recomendaciones opcionales. Y la tolerancia deja de favorecer la convivencia cuando justifica comportamientos que perjudican el espacio que compartimos.
El problema de las pequeñas transgresiones no está solo en cada hecho aislado. Está también en lo que aprendemos cuando las vemos repetirse sin consecuencias.
Si un niño observa que respetar una fila significa llegar después que quien se cuela, recibe una lección. Si un adolescente comprueba que quien utiliza el paseo o la acera para adelantar avanza mientras los demás esperan, recibe otra. Si ante cada irregularidad los adultos repetimos que “aquí las cosas son así”, también estamos enseñando algo.
No hace falta sentarse frente a una pizarra para educar.
Educa la familia, pero también la calle. Educa la escuela, pero también el tránsito. Educan las instituciones, los líderes, los medios y las redes sociales. Y educamos todos cuando otras personas nos observan decidir entre respetar una regla común o aprovechar una oportunidad para obtener ventaja.
Sería injusto convertir esta reflexión en una condena general de la sociedad dominicana. Cada día muchas personas cumplen sus responsabilidades, esperan su turno, respetan a los demás y hacen correctamente cosas que, precisamente porque son normales, nunca se convierten en noticia.
Por ellas importa todavía más la conversación.
Cuando las conductas incorrectas adquieren demasiada visibilidad y tolerancia aparece una paradoja peligrosa: quien actúa correctamente puede comenzar a sentirse ingenuo, mientras quien vulnera la norma parece haber entendido mejor cómo funciona el sistema.
En ese momento ya no tenemos únicamente un problema de comportamiento. Tenemos también un problema de aprendizaje social.
Quizá algunos de nuestros grandes desafíos no comiencen en los escándalos que periódicamente nos indignan. Tal vez empiezan mucho antes, en esas pequeñas concesiones cotidianas que justificamos con expresiones aparentemente inocentes: “déjalo pasar”, “eso no es nada”, “todo el mundo lo hace”, “aquí siempre ha sido así”. El “na’ e’ na” en su máxima expresión.
Las sociedades también se construyen con aquello que dejan de cuestionar.
Por eso convendría preguntarnos no solo qué cosas están mal, sino cuáles hemos dejado de considerar mal porque nos acostumbramos demasiado a verlas.
Porque una sociedad no se forma únicamente con las leyes que escribe, los valores que proclama o las lecciones que enseña en sus escuelas. También se forma con lo que recompensa, con lo que tolera, con lo que repite y con aquello ante lo que decide mirar hacia otro lado.
Y quizá una de las preguntas más importantes que podamos hacernos como país sea esta: ¿qué estamos enseñando cada vez que dejamos de sorprendernos?
Lo que hoy toleramos como una pequeña excepción puede convertirse mañana en una regla no escrita. Y cuando eso ocurre, ya no estamos solamente acostumbrándonos a una sociedad determinada.
También estamos ayudando a formarla.
PERFIL
Junior Bueno es educador e investigador. Máster en Educación Física Integral por el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU) y máster en Investigación, Evaluación y Calidad en Educación por la Universidad de Murcia, España. Su trayectoria abarca la docencia preuniversitaria y universitaria de grado y posgrado. Sus intereses se centran en la educación, el comportamiento humano, la motivación, la salud y los procesos sociales que configuran nuestra manera de pensar, actuar y convivir.







