Por : Alfredo Del Valle
Esta reflexión nació de una conversación que sostuve con el padre Pedro Mateo durante el trayecto por carretera desde Elías Piña hacia San Juan.
Entre palabras, experiencias y reflexiones sobre la vida, surgió un tema que me dejó pensando, la diferencia entre la riqueza material y aquella riqueza que no se puede tocar, pero que muchas veces tiene un valor incalculable.
Vivimos en una sociedad donde muchas veces confundimos tener con ser, medimos la riqueza por el dinero que alguien posee, la casa que tiene, el vehículo que conduce, la ropa que viste o la posición económica que ocupa.
Sin embargo, existe otra riqueza, menos visible, que no aparece en una cuenta bancaria y que, en muchos casos, tiene un valor mucho mayor.
La riqueza material es aquella que podemos tocar, contar y acumular, dinero, propiedades, vehículos, negocios y bienes, esta puede proporcionar comodidad, seguridad y oportunidades, pero tiene una particularidad que puede perderse en cualquier momento y, sobre todo, no garantiza por sí sola la felicidad.
La riqueza inmaterial es diferente.
Está en la salud, en la tranquilidad, en la familia, en los buenos amigos, en el amor sincero, en la dignidad, en la libertad, en el tiempo para compartir con quienes queremos y en la satisfacción de dormir con la conciencia tranquila.
Hay personas que tienen mucho dinero y, sin embargo, viven rodeadas de preocupaciones, soledad o desconfianza, y hay otras que quizá nunca han tenido grandes riquezas materiales, pero disfrutan de una familia unida, buenos amigos, salud, paz y la tranquilidad de saber que no le deben a nadie una explicación por haber hecho lo correcto.
Por eso, tener poco dinero no significa necesariamente ser pobre, la verdadera pobreza también puede aparecer cuando se pierde la salud, cuando no existe paz interior, cuando faltan afectos sinceros o cuando se tiene todo lo material, pero nada con quién compartirlo.
El dinero es importante, negarlo sería desconocer una realidad, este Ayuda a resolver necesidades, permite acceder a oportunidades y puede mejorar nuestra calidad de vida.
El problema aparece cuando convertimos el dinero en la única medida del éxito y olvidamos aquellas cosas que ninguna fortuna puede comprar, porque podemos comprar una cama, pero no el sueño, comprar una casa, pero no un hogar, comprar medicamentos, pero no siempre recuperar la salud, comprar compañía, pero no necesariamente amistad y comprar muchas cosas, pero nunca podremos comprar el tiempo que ya pasó.
Quizás la verdadera riqueza consiste en saber valorar ambas dimensiones, trabajar por una vida material digna, sin sacrificar aquello que le da sentido a nuestra existencia.
Al final, cuando llega el momento de hacer el verdadero balance de nuestra vida, no solamente importa cuánto acumulamos, sino también cuánto amamos, cuánto compartimos, a cuántas personas ayudamos y cuánta paz fuimos capaces de conservar.
Porque hay riquezas que caben en una cuenta bancaria y otras que solamente caben en el corazón.
Al final, aquella conversación con el padre Pedro Mateo, mientras recorríamos la carretera de Elías Piña hacia San Juan, terminó convirtiéndose en una pregunta que vale la pena hacerse, cuánto tenemos y cuánto de aquello que realmente importa estamos cuidando.


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